El verano de 2026 terminó y con él dejamos atrás, al menos sobre el calendario, la época de mayor riesgo de incendios forestales. La campaña todavía no ha terminado. La falta de lluvias obliga a seguir pendientes, pero las cifras acumuladas permiten hacer un primer balance.
• 300.000 hectáreas quemadas: 275.000 forestales y 153.771 arboladas
De los tres datos, el más dramático es el de las 153.771 hectáreas arboladas, que multiplica por cuatro la media de los últimos diez años.
Y es el más dramático porque los pastos volverán a crecer en cuanto llueva, quizás este mismo otoño, y en primavera el matorral habrá comenzado ya a recuperar de manera visible buena parte de sus funciones. Los árboles, sin embargo, tardarán décadas, e incluso siglos, en volver a ocupar las superficies arboladas perdidas. Y eso si no vuelven a quemarse durante sus fases de matorral, arbustivas o de monte joven.
• 7.805 incendios: prácticamente los mismos que durante los últimos diez años
Durante la campaña de 2026 se han registrado en España 7.805 incendios, incluidos los conatos, frente a una media de 7.403 durante el mismo periodo de los últimos diez años. Una diferencia de apenas un 5 %.
Si descontamos los 48 grandes incendios forestales, los 7.757 restantes han quemado una media de 2,8 hectáreas por incendio. En 2022 esa media fue de 4,9 hectáreas y en 2025, de 5,5. En 2026, por tanto, la superficie media de los incendios que no alcanzan las 500 hectáreas se ha reducido considerablemente.
• El 0,6 % de los incendios concentra más del 92 % de la superficie forestal quemada
La relación actualizada recoge 48 grandes incendios forestales, los que superan las 500 hectáreas.
Son apenas el 0,6 % de todos los incendios, pero han quemado 253.472 hectáreas, más del 92 % de toda la superficie forestal quemada.
6 de cada 1.000 incendios concentran más de 9 de cada 10 hectáreas forestales quemadas.
En 2022 los grandes incendios fueron el 0,54 % del total y concentraron el 80,78 % de la superficie quemada. En 2025 fueron el 0,77 % y concentraron el 87,42 %. En 2026 representan el 0,6 % y concentran más del 92 %.
• Los grandes incendios son cada vez mucho más grandes
En 2022, los 57 grandes incendios forestales quemaron una media de 3.800 hectáreas por incendio. En 2025, los 63 grandes incendios alcanzaron una media de 4.922 hectáreas. En 2026 estamos ya en 5.281 hectáreas por cada gran incendio.
Son 52,8 millones de metros cuadrados quemados, de media, en cada gran incendio. Una superficie prácticamente equivalente a toda la superficie urbana de una ciudad como Córdoba y más del doble de la que ocupa una ciudad como Cáceres. Una auténtica monstruosidad.
Mientras los demás incendios se sitúan en 2,8 hectáreas de media, los grandes son cada vez mucho más grandes y concentran una proporción creciente de toda la superficie quemada.
• El resultado final es demoledor
Con apenas un 5 % más de incendios forestales que la media de los últimos diez años, la superficie quemada se multiplica por 2,5 y la superficie arbolada arrasada por las llamas por 4,2.
No es verdad que haya cada vez muchos más incendios, pero los grandes son cada vez mucho más grandes.
Grandes incendios forestales · España 2026
¿PERO POR QUÉ OCURRE ESTO?
Los datos dejan una pregunta encima de la mesa:
• ¿Por qué 7.757 incendios se sitúan en una media de 2,8 hectáreas y apenas 48 alcanzan una media de 5.281?
La inmensa mayoría los apagamos con facilidad. Y eso ocurre fundamentalmente por tres razones, además de porque tenemos unos servicios de extinción cada vez más eficientes:
• hay menos de 10 toneladas por hectárea de combustible disponible para arder
• la vegetación no está en disposición de arder cuando se produce el incendio
• conseguimos llegar con medios suficientes cuando el incendio todavía «no se ha desperezado».
La clave está, por tanto, en entender qué significa que la vegetación esté en disposición de arder.
• La vegetación crece y se acumula
La vegetación crece de manera natural a un ritmo aproximado de entre 2 y 4 toneladas por hectárea y año. Eso supone que cada año hay en España alrededor de 60 millones de toneladas más de vegetación que el año anterior.
Pero las del año anterior siguen ahí. Y las del anterior. Y las del anterior. Hasta la última vez que esa superficie se quemó o hasta que la vegetación fue extraída, aprovechada o gestionada.
Cuando existe demasiada carga vegetal para los recursos que el suelo puede proporcionar, ya no hay agua y nutrientes suficientes para «alimentarla» en condiciones óptimas.
La vegetación hace entonces algo parecido a lo que haríamos nosotros si en casa no hubiera comida suficiente: comer menos para que pueda haber para todos. Los individuos más débiles terminan muriendo y los más fuertes se debilitan.
Y disminuye su contenido de agua.
En cambio, cuando gestionamos adecuadamente la vegetación, reducimos la competencia por unos recursos limitados. La vegetación restante puede mantenerse más sana, fuerte, resistente y productiva, y con mayor contenido de agua durante más tiempo, retrasando su entrada en disposición de arder.
• Cuando la vegetación se pone en disposición de arder
La humedad de la vegetación se mide en relación con su materia seca. El 100 % marca el umbral crítico de disponibilidad para arder. Por debajo del 100 %, la vegetación está en disposición de arder y lo hace de forma explosiva. Cuando su humedad desciende del 50 %, está muerta y ya no tiene capacidad de recuperación.
Si esa misma fuente de calor alcanza vegetación con un contenido de agua superior al 100 %, ocurre algo muy diferente: el fuego tiene que emplear buena parte de su energía primero en secarla para poder quemarla después. Avanza más despacio, con baja intensidad, languideciendo.
Y podemos apagarlo con facilidad porque permanece dentro de nuestra capacidad de extinción.
Además de la carga de vegetación que existe en el monte, es determinante saber si está o no en disposición de arder cuando se produce el incendio. Y, si lo está, cuánta carga de combustible hay.
• 10 toneladas por hectárea cambian el incendio
A partir de 10 toneladas por hectárea de combustible en disposición de arder se supera el umbral de 10.000 kW por metro de frente y el incendio se sitúa fuera de capacidad de extinción.
Da igual cuántos medios tengamos. Mientras mantenga esas condiciones, no podremos apagarlo.
Tendremos que esperar a que encuentre menos combustible disponible, cambie la meteorología, alcance una discontinuidad o disminuya su intensidad hasta volver a situarse dentro de capacidad de extinción.
Y mientras tanto, sigue quemando hectáreas.
• La paradoja de la extinción
Volvamos ahora a los números.
Los incendios que conseguimos apagar se sitúan en 2,8 hectáreas de media. Los que escapan de nuestra capacidad de extinción alcanzan ya una media de 5.281 hectáreas.
Somos extraordinariamente eficaces apagando incendios de menos de 3 hectáreas. Y lo que estamos consiguiendo es que los incendios que escapan de nuestra capacidad de extinción alcancen ya las 5.281 hectáreas.
Algunos muchísimo más: 33.022 hectáreas en La Mierla, 43.702 en Niebla o 62.400 en el Complejo de Incendios de Burgohondo/Sierra Oeste de Madrid.
No porque apagar incendios sea un error. Cuando arden de manera incontrolada hay que apagarlos.
Pero ¿de qué sirve apagar un incendio que está dentro de capacidad de extinción si después no gestionamos el combustible que hemos salvado de las llamas?
Cada incendio que apagamos deja sin quemar toda la vegetación que el fuego habría encontrado en su camino. Esa vegetación continúa creciendo y acumulándose.
Si no gestionamos esas cargas, estamos creando las condiciones para que el próximo incendio que se produzca en esa zona pueda situarse fuera de capacidad de extinción y ya no podamos apagarlo.
• La extinción es la respuesta. La gestión, la solución
La extinción es la respuesta al incendio, pero no es la solución.
La solución consiste en trabajar para que, cuando llegue el siguiente incendio, encuentre cargas de combustible que permitan mantenerlo dentro de nuestra capacidad para apagarlo.
Gestionar adecuadamente el combustible es mantener la capacidad de extinción.
Y al final la elección es bastante sencilla:
Si renunciamos a gestionar las cargas de combustible de nuestros montes, el fuego lo hará por nosotros. Como lo ha hecho desde que existe vida vegetal en el planeta, mucho antes de que llegáramos los seres humanos y aprendiéramos a dominar el fuego.