Hace ahora un año estábamos terminando una de las campañas de incendios forestales más duras que recordábamos. En poco más de quince días de agosto ardieron en España más de 350.000 hectáreas de bosques. Y con ellas, la vida de seis personas, muchas casas de pueblecitos semiabandonados y algo que nunca contabilizamos: la vida de millones de animales.
Cualquier persona normal que recibe de la vida tan dura lección revisa su forma de vivir, analiza por qué puede haberle ocurrido, localiza las razones por las que ha sufrido tamaños reveses y adopta las medidas necesarias para que no vuelvan a sucederle. Pero ocurre que vivimos en España y tenemos, con diferencia, la peor clase política que probablemente haya conocido la historia moderna y democrática de la humanidad.
Cuando terminó aquel aciago verano, se celebraron jornadas y debates, se analizaron propuestas y se extrajeron importantes conclusiones. El abandono rural y la ausencia total de gestión de nuestros espacios forestales estuvieron en el centro de prácticamente todos los análisis. El cambio climático apareció como un elemento que podría estar contribuyendo a acelerar estos episodios y a darles intensidad, básicamente por la reiteración de olas de calor cada vez más largas y recurrentes.
Mi compañero Víctor Resco y yo fuimos los primeros en proponer un Pacto de Estado para enfrentarnos a un problema que nos afecta a todos, ha venido para quedarse y no solo no va a desaparecer, sino que va a reproducirse cada año y será cada vez más intenso, más duro y más cruel con la gente que vive en las proximidades de los espacios forestales españoles.
Yo lo hice por primera vez en el programa de radio Herrera en COPE, en una entrevista que me hizo Antonio Herráiz, que en aquellos días de finales de julio sustituía a Carlos Herrera, ya de vacaciones. Faltaban algunas semanas para que se desatara el episodio más intenso de grandes incendios, que arrasó cientos de miles de hectáreas en el noroeste español, con León, Zamora, Ourense y Cáceres como escenarios de un destrozo que ni la guerra puede igualar.
Hasta el presidente del Gobierno abandonó durante unas horas sus vacaciones en La Mareta para visitar algunos de los escenarios del desastre y proponer un Pacto de Estado. Pero no contra los incendios forestales que aún arrasaban el noroeste español, sino para enfrentar la crisis climática, a la que consideraba responsable de todos los males del planeta.
Se celebraron multitud de reuniones para recoger propuestas que pudieran dar solución a un problema de dimensión mundial, que afecta a todos los países y debe tratar de resolverse en el ámbito de Naciones Unidas.
La crisis climática, a la que el inefable presidente del Gobierno español pretende dar respuesta, está generada en gran medida por las emisiones de CO₂ y otros gases de efecto invernadero, responsables en última instancia del calentamiento global. Es como si un español tuviera hambre y, en lugar de buscar comida, pretendiera solucionar primero el hambre en el mundo. Probablemente moriría de inanición y nadie se enteraría de por qué había muerto.
España representa solo el 0,6 % de las emisiones globales, mientras que China es responsable del 31,8 %, Estados Unidos del 12,7 %, India del 8,3 % y la Unión Europea del 5,9 %. Nuestra contribución es mínima, pero vamos a solucionar el problema nosotros solos si las comunidades autónomas y los demás partidos políticos aceptan el trágala. Es decir, estamos ante uno de los mayores brindis al sol que ha conocido la historia de la humanidad.
Al final, algunos dijimos que no importaba el color del gato, que lo realmente importante era que cazara ratones. ¿Y cuáles eran esos ratones? Cuando a Víctor Resco y a mí nos lo preguntaron en los primeros días de septiembre, dijimos que básicamente dos: proteger los pueblos y, con ellos, la vida de la gente, y gestionar cada año un millón de hectáreas, atendiendo básicamente a las zonas estratégicas de gestión del conjunto de los montes españoles.
Un año después, seguimos repitiendo lo mismo, sin que nadie, en ninguna parte, haya hecho absolutamente nada por resolver el problema. Entretanto, en lo que llevamos de 2026, tenemos ya casi 300.000 hectáreas de bosque abrasadas, 14 personas muertas y, de nuevo, millones de vidas animales perdidas. Son otra vez los incendios más grandes de nuestra historia y, por primera vez, han amenazado directamente Madrid y su entorno metropolitano.
Cuando les pides a los voceros sincronizados del Gobierno que te digan una sola medida de las que comprendería ese ambicioso Pacto de Estado contra la crisis climática, que repiten como una letanía cada vez que alguien como yo pone encima de la mesa medidas concretas para resolver el problema, te contestan que somos unos negacionistas que hemos comprado el discurso del odio de la ultraderecha. Y se quedan tan panchos mientras España arde, mueren personas y cientos de miles de hectáreas desaparecen devoradas por las llamas.
Menos mal que, a pesar de la innegable crisis climática que sufre el planeta, en España a veces llueve y la lluvia apaga las llamas. Aunque el precio sea ver nuestros cauces convertidos en ríos de petróleo que siguen contaminando nuestras aguas y matando todo vestigio de vida animal y vegetal en su interior.
Nos está quedando un país precioso.